Reflexiones sobre el Concepto de Victoria en la Guerra Moderna
- Itzchak Chen
- 10 abr
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Resumen Ejecutivo - El estancamiento de la doctrina clásica
Durante los últimos tres años, los analistas y profesionales militares han señalado con frecuencia que la estrategia israelí sigue basándose en "conflictos de corta duración, trasladando el enfrentamiento a territorio enemigo y logrando una rapidez decisiva". En la práctica, sin embargo, el público israelí se ve afectado repetidamente por una sensación de sorpresa y desilusión cuando estos objetivos no se materializan. Esta brecha surge porque la percepción clásica está arraigada en conflictos heredados, como la Campaña del Sinaí, la Guerra de los Seis Días y la Guerra de Yom Kippur. Estas fueron guerras entre estados entre fuerzas convencionales que operaban bajo doctrinas estructuradas. En aquellos conflictos, la gestión era dirigida por niveles políticos con procesos organizados de toma de decisiones, impulsados por una síntesis de intereses nacionales, ideología y una adherencia fundamental a las leyes de los conflictos armados. En tal realidad, el concepto de victoria era binario y absoluto: al concluir la campaña, la distinción entre el estado vencedor y el vencido era inequívoca.
La Evolución de la Guerra: De las Fuerzas Convencionales a los "Ejércitos del Terror"
En las últimas cinco décadas, hemos sido testigos de un cambio de paradigma en la guerra, que impacta directamente en la capacidad de definir la victoria. Los conflictos modernos, como la Primera y la Segunda Guerra del Líbano y la campaña "Espadas de Hierro", divergen fundamentalmente del modelo clásico. La característica definitoria de estas guerras es la confrontación entre un estado soberano y un "Ejército del Terror". Estas entidades (como Hezbolá, Hamás, ISIS o el PKK y las FARC) funcionan como "estados dentro de un estado" sin fronteras soberanas definidas, sin rendición de cuentas ante el derecho internacional y sin subordinación a marcos diplomáticos.
El "Ejército del Terror" presenta desafíos operativos únicos:
• Estructura y Letalidad: Aunque no es un ejército nacional permanente, un ejército del terror mantiene una estructura de fuerza equivalente a múltiples divisiones. Estos se organizan en unidades tácticas pequeñas y altamente móviles (utilizando camionetas pick-up, motocicletas y transporte ligero). Incluyen unidades especializadas para la guerra antitanque ("cazadores de tanques"), recolección de inteligencia y operaciones especiales (comandos).
• Mando y Control (C2): Utilización de sistemas de C2 que, si bien no siempre son de alta tecnología, son altamente resilientes y efectivos para el mando descentralizado. • Arsenal: Acceso a armamento avanzado, incluidos misiles guiados antitanque (ATGM) de largo alcance como el "Almas" y "Kornet", imágenes térmicas y una sofisticada gama de vehículos aéreos no tripulados (UAV) y municiones merodeadoras. En algunos casos, estas capacidades superan a las de los ejércitos modernos de Europa occidental.
• Entorno Operativo: Dominio del terreno local y especialización en tácticas de guerrilla y guerra urbana. Lo más significativo es que operan desde centros civiles densos, utilizando a la población como escudo humano y base logística, mientras convierten el miedo en un arma contra la población no combatiente.
• Centro de Gravedad Ideológico: Estas organizaciones suelen estar impulsadas por ideologías religiosas radicales profundamente arraigadas en su base social, lo que hace que la "erradicación total" sea un objetivo esquivo, si no imposible.
Cabe destacar, sin embargo, que el talón de Aquiles de estos ejércitos del terror, al igual que los convencionales, es que a medida que escalan, su huella física aumenta. Los requisitos logísticos y la operación de formaciones pesadas de cohetes/misiles (especialmente activos balísticos) crean una firma en el terreno. Esto permite a las fuerzas convencionales impulsadas por inteligencia identificar, rastrear y atacar objetivos de alto valor.
Redefiniendo la Victoria
Dado este complejo panorama, el liderazgo político y de seguridad debe recalibrar la definición de victoria. En la guerra moderna, la victoria rara vez es una ceremonia formal de rendición; más bien, es un derivado directo de estados finales estratégicos claramente definidos. El soberano, el ejército y la ciudadanía requieren claridad: ¿Por qué luchamos y cómo es la "línea de meta"? La victoria se logra cuando se cumplen los objetivos operativos y políticos predefinidos. Así es como se construye una narrativa nacional coherente. Sin metas alcanzables y claramente articuladas, es imposible proyectar una imagen de victoria decisiva en una era donde La Guerra de Narrativas o La Batalla de Conciencia es primordial. El público debe estar convencido de un resultado tangible e innegable. Esto es crítico para la resiliencia nacional y para contrarrestar la propaganda enemiga en las redes sociales, un dominio que, en mi opinión, aún no se ha internalizado plenamente como un teatro de operaciones primario. Este desafío definirá los resultados de todas las futuras campañas militares.
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